Blog del programa de rehabilitación y entrenamiento neurocognitivo en patología dual (drogodependencia + enfermedad mental)

En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, queremos expresar nuestra repulsa a este tipo de violencia a través de las cartas de dos mujeres que hemos atendido en nuestro centro que han sido víctimas de la violencia de género y a las que llamaremos Ícara y Amapola. Para ellas y para otras muchas mujeres, sufrir este tipo de violencia les ha llevado a desarrollar y mantener problemas de adicciones a drogas o a fármacos (sedantes), además de otros trastornos neurológicos y psicológicos como ansiedad, estrés postraumático, etc.

CARTA A MI MALTRATADOR, por Ícara

Quisiera escribir la carta más bonita del mundo, pero hoy no toca. Hoy me poso frente a ti y te cuento en pocas líneas una historia de amor donde sólo estuve yo.

Hoy voy a romper mi silencio y, desde el atardecer de mi vida, me dejo volver a mis recuerdos, por un momento nada más; por un instante, quiero que sepas lo que hiciste a mi vida.

Tan sólo tenía 14 años cuando nuestros caminos se encontraron.

Me deslumbraste cuando mis ojos se encontraron con los tuyos, azules como el cielo. Para mí eras un hombre guapo, con “labia”, seguro… Eras mayor que yo. Nunca antes te había visto y empezaste a llamar mi atención. Te veía todos los días; estaba en el colegio y te veía cuando salía, en los recreos, por las ventanas de la clase, siempre estabas allí, acechando como un depredador que acecha a su presa. Hoy a eso se le llama acoso, antes no. Yo quise creer que eso era amor cuando me paraste y me dijiste que me querías, y así era, me querías para ti.

Comencé a ponerte en primer lugar, dejando a mi familia, amigos y a mí misma a un lado. Cuando mi MADRE quiso separarme de ti, me hiciste creer que era la peor madre del mundo. Cuando ella te vio, te dijo que le habías robado a su hija, y así lo hiciste… Sacándome de mi casa, apartándome de todos, y me llevaste a la que iba a ser la nuestra y allí, entre cuatro paredes, ataste mis alas que empezaban a salir, me enseñaste el miedo, la vergüenza y la culpa.

El miedo cuando levantabas tu brazo, el que tatuaste con mi nombre, y llevaba tu puño a golpearme cortándome el aire. La vergüenza y la culpa porque me humillaste cuando ponías tu pie en mi cabeza y me culpé: no había sido la mujer perfecta que esperabas. No fui la mejor hija, ni la mejor compañera, ya me lo decías cuando no te ponía la comida y la tirabas al suelo porque no era de tu agrado.

Me robaste el derecho de ser madre cuando me llevaste a consumir drogas. Madre del hijo que me dio aliento para sobrevivir a tus patadas, a tus abusos mientras le esperaba a él, a desprecios de tus celos, a la oscuridad en la que me metiste y de la que quería salir corriendo para protegerle a él de tus golpes, de tus portazos, de los cristales rotos; me llevaste por caminos donde buscaba calma y comencé a abusar del alcohol para después depender de las drogas, de las malas relaciones… No conocí otra cosa, lo que tú me enseñaste, a lo que tú me obligaste.

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Ícara (Igor Mitoraj)

Por todo, por mí, por mi hijo, hoy he vuelto (por un momento) al recuerdo desde mi LIBERTAD y, después de ver pasar mis mañanas sin sol, las que tú me regalaste, hoy, cuando he juntado los pedazos de vida que tú esparciste, cuando mis ojos han dejado de doler, alzo mis alas y vuelo por encima de todo lo que supuso mi vida y, como un bálsamo para las cicatrices que quedaron en mi alma, quiero que sepas que lo que no te mata, te hace implacable. Así miro hacia el sol y, sin deslumbrarme, seguiré caminando hasta el final de mi día (de mi vida), que ya sé quererme como tú no lo hiciste, que aprenderé a cuidarme como nadie lo supo hacer, y que al cielo pongo por testigo, que ya nada ni nadie puede hacerme daño.

Hoy, ligera de equipaje, me quedo con el fruto de mi amor, con una vida: LA MÍA.

(Ícara, 25 N 2016)

CARTA A MI MALTRATADOR, por Amapola

Sólo quiero decirte una cosa, ya que nunca dijiste nada….

Tú ¿Por qué? Por qué vienes a mis noches más solas a susurrarme, a hablarme al oído ese idioma tuyo, el que hablan los vampiros, a hacer que me cosquillee toda la cabeza por dentro hasta que me pregunto… ¿de nuevo la locura?

Tú, tu boca era un mar abierto, encrespado. Por qué no me contaste tu procedencia, por qué no me dijiste que eras un animal salvaje, hambriento… y yo una niña perdida en el bosque…

Tú encendías fuegos que luego apagabas de un golpe, como quien apaga una cerilla en el momento máximo de su fulgor.

No sabía ni podías querer más allá de la última letra de un “te Quiero”.

Eras luz en una tiniebla que te precedía, tú caminando altivo, hasta el aire necesitaba tu permiso para moverte el pelo, siempre engreñado como el de una alimaña.

Sin embargo, te erguías con sutileza, sin ser ese tu mayor don. No. El tuyo es otro. Querías ser rey, pero eras el hechicero, ese brujo que se escapó de la hoguera. Nunca pedías la redención.

A ti, el hombre siniestro, te gustaba más el castigo que el regalo. Así aprendiste. Algo, algo tenías oculto. Quizás es mejor decir que nada de ti enseñabas a la luz. Qué ironía. Tú no tenías pudor. Eras irreverente, como una misa en un funeral, como la flor en el asfalto. Rompías mis grietas con las dos manos para que la herida siempre sangrase.

Querías llegar al final del mundo, cogerlo todo y devorarlo con ansias. Ahí fallaste, sabes. Yo sólo quería acurrucarme, débil. Estaba exhausta, el bosque era cada vez más oscuro, y en tus ausencias, tus infinitas ausencias, yo intentaba dibujarte, pero ya no me acordaba de tus rasgos.poppy-8.jpg

Te necesitaba como el que necesita aire. Eras mi cordón umbilical. Mi exilio. Nací, crecí y morí en ti, cada día, como los días.

Pero no, esto va de ti,

¿Por qué me tratabas así?

Podías haberte deshecho del lodo, yo lo ansiaba, lo necesitaba, pero también a ti, así que me sumergí en el pantano una vez más.

Ahora recuerdo ese olor, pero ya no me angustia, he olido las flores, y sabes, si es verdad que el sulfuro sigue dándome vueltas en el estómago.

 Te vas apagando, sin decirme porqué. Una vez más, te saldrás con la tuya. Ese chico subido al árbol moteado de rojos me mira con su media sonrisa, con su media maldad, y se ríe. Lo sabes, sabes que me embruja ese sonido ronroneante. Pero no, esta vez no. Sólo he venido al pantano, al manglar, a tu reino de malezas, a preguntarte por qué, por qué me trataste así.

Las palabras se caen de mi boca al suelo, ya muertas por tanto uso en una batalla de silencios.

No me demoro. No me quedaré. Te deseo un próspero reinado, con tus súbditos, que siempre te serán leales. Ellos, los oscuros, como tú.

Ya me fui. Aunque me cosquillee la cabeza por dentro, la locura se desvanece con la mañana.

A tu tumba, llevaré amapolas.

(Amapola, 25 N 2016)

 

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