Blog del programa de rehabilitación y entrenamiento neurocognitivo en patología dual (drogodependencia + enfermedad mental)

Después de un tiempo inactivos, volvemos con la tercera y última entrada (por ahora) del fenómeno de las adicciones sin sustancias. En esta entrada, nos centraremos en las bases neurológicas de este tipo de adicciones.

workaholism

Fuente: José Luis Rabadán en Jornada de Adicciones Sin Sustancia sobre Adicciones con menor prevalencia

Partimos de que cualquier inclinación desmedida hacia alguna actividad puede desembocar en una adicción, exista o no una sustancia química de por medio. La adicción es una afición patológica que genera dependencia y resta libertad al ser humano al estrechar su campo de conciencia y restringir la amplitud de sus intereses. De hecho, existen hábitos de conducta aparentemente inofensivos que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en adictivos e interferir gravemente en la vida cotidiana de las personas afectadas, a nivel familiar, escolar, social o de salud (Echeburúa y Corral, 1994).

La pérdida de control y la dependencia (entendida como la necesidad subjetiva de realizar la conducta) serían los factores claves para identificar un comportamiento como adictivo. En el caso de las adicciones sin sustancia, se entenderían como tal aquellos comportamientos que generaran un fuerte malestar a la persona por no poder parar de hacerla, y por la interferencia que provocaran en los diferentes ámbitos de su vida (social, familiar, de salud…).

Algunos estudios realizados indican que la adicción a internet causa daños cerebrales similares a los experimentados por personas adictas a cocaína o alcohol, afectando principalmente a la mielinización de vías que conectan diversas zonas del cerebro, lo que se traduce a nivel comportamental en déficits  en el procesamiento de emociones, la atención ejecutiva, la toma de decisiones y el control de impulsos (Oliva, A. y otros, 2013).

El profesor Enrique Echeburúa, de la Universidad del País Vasco, durante la Jornada de adicciones sin sustancia UNAD, planteaba que las conductas adictivas son automáticas, emocionalmente activadas, no sujetas a un control cognitivo, con efectos positivos de forma inmediata pero negativos y perjudiciales a largo plazo. La impulsividad, por tanto, forma parte importante en el desarrollo de la adicción. Existen evidencias de que la impulsividad es una antesala del comportamiento adictivo en el ámbito de las sustancias, y en este sentido destaca el modelo de Koob et al. (2010), quienes mantienen que en la base de la adicción existe un trastorno del control de los impulsos y de tipo compulsivo. La satisfacción o ejecución del acto impulsivo estaría estrechamente relacionado con la obtención de un refuerzo positivo, y la compulsión sería la aparición del hábito. La conducta compulsiva se encuentra relacionada con mecanismos de refuerzo negativo y de conductas automáticas para su consecución. Por tanto, el tránsito desde la impulsividad al comportamiento compulsivo se produciría desde la búsqueda de un refuerzo positivo a la necesidad de reducir la disforia mediante la obtención de refuerzos negativos.

Desde una perspectiva neurobiológica, el análisis de la impulsividad comprende necesariamente una revisión de los circuitos neuronales implicados en la toma de decisiones, procesos ejecutivos y sistemas de neurotransmisión asociados. Así, el circuito neural más importante lo constituye el eje cortico-estriato-tálamo-cortical, en donde la dopamina como neurotransmisor tiene un papel crucial, esencialmente a través del circuito mesocórtico-límbico o vía del refuerzo. Específicamente, las áreas cerebrales implicadas son el córtex prefrontal, especialmente las áreas ventromedial y orbitofrontal relacionadas con la planificación y juicio; el estriado ventral, concretamente el núcleo accumbens, clave en el sistema de refuerzo, y la amígdala, fuente de lo emocional y de las respuestas condicionadas (Ceravolo, Frostini , Rossi, y Bonuccelli, 2009).

Teniendo en cuenta que el circuito del refuerzo está activado constantemente en la medida en que nuestra vida necesita de gratificaciones, cualquier conducta puede potencialmente llegar a convertirse en adictiva (Beck, Wright, Newmann y Liese, 2010). Así, considerando el circuito del refuerzo, los niveles de dopamina y la actividad metabólica en determinadas áreas cerebrales, parece evidente que el modelo de adicción a las sustancias puede extenderse a conductas (Holden, 2001). El hecho de que las drogas tengan diferentes efectos físicos sobre el organismo pero con un mismo resultado adictivo hace pensar que el cerebro acaba igualmente afectado por un comportamiento que por una sustancia. En ambos casos existiría una neuroadaptación de los circuitos que llevaría al mantenimiento de la conducta.

Aún en ausencia de sustancia, se consideraría igualmente la intervención del circuito del refuerzo con toda la maquinaria dopaminérgica del núcleo accumbens e hipocámpica. Es decir, si prescindimos de los receptores-diana de las sustancias, el resto del modelo podría explicar perfectamente las adicciones comportamentales. Al fin y al cabo las drogas son activadores de circuitos que procesan la motivación sobre la base de expectativas, son la guía del comportamiento para la resolución de una necesidad, emoción, que ha desequilibrado la homeostasis emocional. En este sentido, la expectativa de premio de un ludópata, por ejemplo, no se diferenciaría de la gratificación dopaminérgica inducida químicamente por la cocaína. Específicamente, la ludopatía produciría cambios en las mismas regiones frontales y límbicas del cerebro que en el caso de los cocainómanos, tal y como se aprecia en exploraciones con fMRI (Holden, 2001). En el caso de la compulsión a la comida, se ha observado un déficit de dopamina en individuos obesos que puede perpetuar patológicamente la tendencia a comer en exceso como medio de compensar la decreciente activación de estos circuitos (Wang et al., 2001).

Echeburúa et al. (2009) defiende que lo que define a una conducta adictiva no es tanto la frecuencia con que se realiza sino el tipo de relación que se establece con ella. Es la dependencia, entendida como necesidad subjetiva de llevar a cabo una conducta y la supeditación del estilo de vida, al mantenimiento del hábito, lo que define a una adicción tanto comportamental como con sustancia. Asociado se encuentra el síndrome de abstinencia, aunque sin embargo hay una diferencia entre el síndrome de abstinencia por sustancia frente al comportamental (Echeburúa, Becoña y Labrador, 2010). En el primer caso, el síndrome desaparece de inmediato con el consumo de la sustancia; en el caso de las dependencias comportamentales, la disminución del desasosiego y ansiedad requieren de más tiempo, de más conductas. En la imagen proporcionada por el profesor, se muestra el ciclo de la adicción donde se refleja el tránsito de la conducta impulsiva a la compulsión mediante mecanismos de neuroadaptación.

ciclo_adiccion_echeburua

Ciclo de la adicción

Para ampliar información sobre este tema, os recomendamos que visitéis la web de UNAD donde podéis encontrar un Fondo documental adicciones sin sustancia.

Fuentes:

– José de Sola Gutiérrez, Gabriel Rubio Valladolid y Fernando Rodríguez de Fonseca. LA IMPULSIVIDAD: ¿ANTESALA DE LAS ADICCIONES COMPORTAMENTALES?. Revista Health and Addictions, 2013, Vol. 13, No.2, 145-155

– ¿Existen las adicciones sin sustancia? Instituto Deusto de Drogodependencias. Universidad de Deusto, 2013.

– Enrique Echeburúa; Paz de Corral. Adicción a las nuevas tecnologías y a las redes sociales en jóvenes: un nuevo reto. Revista Adicciones, 2010 · Vol. 22 Núm. 2 · Págs. 91-96

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