Blog del programa de rehabilitación y entrenamiento neurocognitivo en patología dual (drogodependencia + enfermedad mental)

La proliferación de la violencia en nuestra sociedad ha influido en el aumento de investigaciones dirigidas a conocer las causas que la generan para combatirla. Algunas de líneas de investigación se centran en la neurofisiología de los comportamientos violentos, como ya vimos en el post anterior sobre violencia de género, sin olvidar la influencia del ambiente y el proceso de socialización de la persona.

Algunas investigaciones se centran en los resultados de los estudios de Cleckley (1976) y Hare (1991), donde se proponen los criterios diagnósticos para el trastorno de la personalidad psicopática, que resultan más amplios e integradores, y que abarcan dos factores diferenciados: el deterioro de la afectividad y de las relaciones interpersonales, por un lado, y el estilo de vida antisocial e inestable, por otro. Ambas clasificaciones han considerado la relación entre los rasgos de personalidad y el desempeño neuropsicológico, de hecho numerosas investigaciones han supuesto que las alteraciones cognoscitivas son un importante factor de riesgo para el desarrollo de comportamientos antisociales y violentos. Diversas teorías han postulado principalmente una base cortical (Raine, 2002), particularmente de las regiones prefrontales para ese desorden, mientras que otros han propuesto una disfunción del septum y el hipocampo además del lóbulo frontal (Arnett, Smith, & Newman, 1997; Newman, Gorenstein, & Kelsey, 1983).

Según Arias & Ostrosky-Solís(2008): “La evidencia de alteraciones neuropsicológicas entre los grupos puede explicar la conducta violenta en varios sentidos de acuerdo con Jones (1992):

1. Existe un incremento en la activación que interfiere con la habilidad de pensamiento.

2. Disminuye la habilidad para inhibir los impulsos.

3. Deteriora procesos mentales básicos como la concentración, la atención y la memoria.

4. No permite la adecuada interpretación de eventos externos.

En particular, psicópatas y no psicópatas difieren en la forma en la que se dirigen con las normas sociales, aunque el rasgo de afectividad se considera central y sirve para diferenciar a las personas aquejadas por este trastorno del resto de los delincuentes no psicópatas, que al menos poseen una cultura delictiva con la que se pueden identificar y que son capaces de funcionar adecuadamente dentro de su grupo, manifestando lealtad, sentimientos de culpa y afecto.

Pero, ¿podemos prevenir la conducta violenta y la psicopatía con un adecuado aprendizaje? Muchos expertos opinan que esto es posible, y que educar en “habilidades para la vida es decir, una serie de destrezas en el ámbito social, emocional y ético, que complementan y optimizan las habilidades cognitivas e intelectuales“, puede ser clave para ello. Os dejamos este vídeo de Redes, titulado El aprendizaje social y emocional: las habilidades para la vida, para profundizar en esto.

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