Blog del programa de rehabilitación y entrenamiento neurocognitivo en patología dual (drogodependencia + enfermedad mental)

La violencia de género se ha constituido como un fenómeno invisible durante décadas, siendo una de las manifestaciones más claras de la desigualdad, subordinación y de las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres. En este post trataremos sobre el papel de la neuropsicología en el tratamiento del agresor y su relación con el consumo de drogas.

Violencia de género

La violencia de género genera graves secuelas en la sociedad

La violencia de género es definida como la “manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia”, y “comprende todo acto de violencia física y psicológica, incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad.” (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad).

Existe consenso en afirmar que existe un perfil muy heterogéneo de maltratadores, aunque hay características de personalidad comunes como son la impulsividad, las deficientes habilidades en la relación con otras personas, el pobre control emocional, bajo nivel de autoestima o la inflexibilidad en sus acciones. Además, se aprecia una baja flexibilidad cognitiva, en  memoria de trabajo y dificultades en la toma de decisiones y capacidad de aprendizaje lo que provoca que se reaccione de manera inadecuada y exagerada ante estímulos que son percibidos como amenazas.

No suelen presentar patologías mentales, y si las padecen, suelen relacionarse con el abuso y/o dependencia de alcohol y algunos trastornos de la personalidad (límite, trastorno delirante celotípico,…).

Aunque la droga más estudiada en relación con la violencia de género es el alcohol, en términos generales, podemos afirmar que el comportamiento tras el consumo de cualquier sustancia es muy variable y está influido por normas sociales y culturales, el contexto en el que ocurre el consumo y los factores específicos de la personalidad de quien consume.

En la práctica clínica, existe un elevado porcentaje de personas en tratamiento por un problema adictivo que presentan problemas judiciales por delitos de violencia de género, entre otros. Habitualmente, se asocia el consumo de sustancias psicoactivas con el comportamiento violento de la persona como si la droga por sí misma fuese responsable de la agresión. No obstante, la realidad es bien distinta, pudiendo afirmar que los hombres que tienen un comportamiento agresivo son más proclives, después de haber consumido la droga, a involucrarse en actos violentos al utilizarla como mecanismo desinhibitorio.

El tipo de relación de desigualdad que reproduce el esquema tradicional patriarcal genera conflictos que son agudizados por el consumo de drogas y los hábitos antisociales propios de los sistemas marginales asociados a ello. Además, el consumo crónico de sustancias incrementa la impulsividad y el deterioro de las funciones ejecutivas en general, y con ello se favorece la expresión de la violencia interpersonal que en muchos casos es dirigida a las mujeres del entorno del adicto pues, tradicionalmente, la sensación masculina de superioridad ha contribuido a legitimar la violencia de género contra las mujeres.

Toda clase de violencia genera una serie de alteraciones neuropsicológicas; entre ellas, daños en la corteza prefrontal, sustancia gris, hipocampo, amígdala, tálamo, corteza límbica, sistema dopaminérgico y serotoninérgico lo que conlleva a una incapacidad para tomar decisiones acertadas y  planificar y organizar la conducta inmediata.

Existe una disfunción cerebral y neuropsicológica en las personas que ejercen la violencia de género. Se ha constatado una actividad serotoninérgica disminuida, altos niveles de testosterona y déficits en el funcionamiento de estructuras cerebrales (hipotálamo, amígdala, área prefrontal y temporal).

El papel de la neuropsicología en este ámbito es crucial para conocer mejor el perfil y el funcionamiento de los hombres que ejercen la violencia hacia sus parejas, elaborar planes de neurorehabilitación funcional y reducir la reincidencia de los actos violentos.

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